Cuento corto: Los señalados del oriente de la CDMX

La historia no refleja sólo una realidad, es la combinación de muchas. Testimonios de mujeres y hombres del oriente de la CDMX y el área metropolitana.

(En tiempos de Covid-19)

El despertador ya sonó, pero hoy me daré el lujo de dormitar diez minutos más. En el último mes la cantidad de autos en la Zaragoza ha disminuido un poco. Ese poco es suficiente para que pueda dormir un poquito más.

Quería que fueran diez minutos, pero sólo son cinco de la pequeña siesta. Comienza la carrera imaginaria contra el tiempo —como si pudiera ganarle—. La costumbre se me metió hasta las entrañas que el nervio me mueve mecánicamente.

Desayuno sólo un té y la mitad del pan de dulce que dejé en la noche. Me ducho, peino y visto. Qué ojeras. Se hace lo mejor que se puede con lo que se tiene. ¿No?

Olvidé contarles un detalle, soy mujer. Esto no me importaría sino tuviera que caminar toda una cuadra hasta la parada del camión, y sin luz porque el alumbrado no funciona desde siempre.

Las personas en la combi van más calladas que de costumbre. De los nueve que venimos dentro, sólo cuatro traemos un cubrebocas. Me asusta mucho ser la única mujer abordo, pero hago como si no me importara.

Llegamos al metro más rápido que de costumbre, es el único cambio que he notado desde que muchos pueden quedarse en casa. Yo no pude darme el lujo. De hecho me aumentaron el sueldo sólo por arriesgarme la vida, no crean que es mucho. Pero no puedo darme el lujo.

Qué triste el consuelo que me llega cuando miro a otros y otras en el metro. Podría ser peor.

Me río de pensar así, el oriente te muestra demasiadas cosas que no quisieras. El oriente te vuelve de tantas formas. El oriente duele en el origen perdido. El oriente es hostil porque lo han hecho así. El oriente revienta de personas, incluso ante una pandemia.

Los corredores cotidianos del metro han disminuido —sólo un poco—. Si corro un poco, tal vez logré sentarme. No lo logré. De aquí a Chapultepec y de ahí un poco más lejos.

Qué curioso es que digan que somos flojos. Qué curioso porque yo miro mucha gente —incluso con pandemia— en el camión nos camuflajeamos administrativos, personas de limpieza y albañiles. Qué curioso que cada uno te cuenta un oriente distinto, pero no por eso mejor al que conoce el otro.

Tuve que regresar al Oriente después de tantos años porque ya no pude sostener el pago de la renta. Me gustaba mi departamento, el aire y la luz que entraba por todas las ventanas. Acá no la paso mal, pero ya había perdido la costumbre.

No la paso mal porque sólo llegó a dormir y repito toda la rutina al día siguiente. No me molesta, pero ojalá pudiera ser de esas personas que pueden estar en su casa.

Vivo sola y aún así vengo aterrorizada todo el camino en el transporte público. No me gustaría ser responsable de que alguien enfermé por mi culpa.

El hubiera ya ni si quiera es una opción real. Cómo me gustaría quedarme en casa.

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