Desierto de los leones, fue domingo

Para que todo quepa dentro de los lugares comunes, yo, te escribo de madrugada con el pretexto de que no puedo dormir.

La realidad es que muero de sueño, yo, muero repasando mis manos entre tu espalda imaginaria, ese huequito, hundimiento en el pecho, la última vez que lo vi… no recuerdo.

Aquella calidez mientras vigilabas mis sueños, tus ojos. Despertar entre ellos fue lo más cercano que pude estar de conocer al amor de mi vida.

Tú serás lo más cercano que tenga de la idea de lo eterno.

De lo inmarchitable.

Ideas raras que se hace uno.

Pero las horas avanzaron. Yo no me las pude desprender, no soy la misma joven ni conserve mi ingenuidad, tú nunca lo fuiste.

Siempre lo supimos. La honestidad me recuerda decirte que pese a todo, has sido el único que pudo seguir las instrucciones para tomarme una buena foto.

Los teléfonos con sus carpetas, una a una desapareció, borré todo lo que pude.

Tan sólo se desvaneció lo físico: mensajes, publicaciones, fotografías y audios, porque en esta actualidad es posible desaparecerlo todo, de casi cualquier lugar, menos de mi memoria personal.

No es necedad, es consecuencia de la evolución, de nuestra necesidad por volver a vivir a través de sensaciones.

Yo ya no quiero revivirte. En efecto para restarle importancia debo admitir que tú eres-serás-fuiste el amor de mi vida.

Seguimos en lugares comunes, personas normales y eso nos sienta bien. ¿No?

Lo inmarcesible, por seguridad y comodidad, mejor de lejos.

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