Señora Chingada, llévesela. Por favor.

Cansancio

Señora, llévese a mi tristeza. Por favor.

Ya no sé qué hacer con ella ni dónde ponerla.

Todo el tiempo trato de convivir con ella. La escondo de todas las personas que me conocen. La guardo sólo para mí.

Pero cada vez es más difícil, la condenada no ha hecho más que crecer. Nadie me dijo que sería enorme. Por favor Señora Chingada. Llévesela.

Y si no se puede…

Dígame entonces cómo hacerla más pequeña.

Antes podía cumplir con mi ritmo cotidiano. Era una mujer tristita pero funcional.

Imagínese hoy el colmo que me hizo pasar. Llegó así en un llanto imparable mientras lavaba los trastes. Las lágrimas no pararon, como si existiera una conexión con el flujo de la llave.

Ya hice de todo Señora Chingada. Todo lo que se puede hacer con una tristeza de esta naturaleza.

Pero ahora se cuela y se muestra ante seres que no debería. Ante seres que aunque la ven, no les importa y les molesta.

Querida señora, mi tristeza no me molesta a mí. He crecido con ella, mejor aléjeme de los seres que no pueden sentir empatía por ella. Llévenos con usted.

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