Dominga

Cuando te agarraste a mí no sabía cómo llamarte ya que de repente te disfrazaste de hábito. Yo regresaba a mi casa, picaba algo de comer si no es que terminaba fuera de mí debido a las náuseas, mi falta de apetito, después dormir horas y horas, despertar en medio de la madrugada para terminar los pendientes, las tareas.

Recuerdo que llegaste después de que ella murió, me dolía mucho; en el fondo sentía remordimiento por no decirle adiós, por haber andado tan de prisa esa última mañana que la vi y ni si quiera haberme despedido cariñosamente. Después de años puedo perdonarme, siempre va a dolerme, sólo que de distintas formas.

Fuiste ese hábito que me arropó comodamente entre la cama y el sueño, me desconectaba de lo real. Justo ahora que hago un gran esfuerzo por recordar, eso hacíamos: llegar a casa, no comer, dormir, despertar, escribir ensayos, dormir de nuevo.

Sabía que tenías algo que ver con la tristeza, no sabía que podíamos llegar tan lejos, nos combinamos con desórdenes alimenticios, jugamos a confiar en quien no debíamos, terminamos entre la ansiedad del estrés postraumático y la esperanza casi muerta de poder salir de ahí.

¡Universo! Pasaron tantas personas, circunstancias, temblores…

Yo a ella aún la extraño,casi siempre trato de recordar cómo se reía, la calidez de sus abrazos, lo mucho que estaría diciéndome ahora si le contara todo esto.

Caigo en la cuenta de que los domingos no terminan de gustarme porque llevan el nombre de mi abuelita.

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